Canciones de Amor Eléctricas

“Tobogán eléctrico”, oficialmente referido como “Boogie eléctrico” es una canción interpretada por la artista jamaicana Marcia Griffiths. Su remezcla entró a la Tabla Billboard Caliente 100 con el número 90 la semana del 9 de Diciembre de 1989; alcanzó su número más alto, 51, la semana del 20 de enero, y; salió de la tabla con el número 85 la semana del 17 de febrero de 1990. Así, se mantuvo en la tabla por

11 semanas. Cuando hice una ostentosa llegada a Nueva York Central en Agosto de 1990, la música de “Tobogán eléctrico” todavía resonaba como cinta de sonido de fondo en muchos de los eventos donde hube de estar.

Por extraño que parezca, no fue hasta Septiembre de 1993 que por primera vez me convertí en testigo ocular de la variación de 18 pasos del baile de línea tobogan eléctrico, vinculado al canto de Griffiths. Ese mes, como representante de una asociación latina en Syracuse, asistí a una conferencia organizada por el Grupo de Interés Público de Nueva York (GIPNY), la cual tuvo lugar en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton, comúnmente acortado a simplemente Universidad de Binghamton. GIPNY es uno de los más grandes grupos de su tipo en los Estados Unidos. Su creación en 1973 fue inspirado por el famoso abogado de los consumidores Ralph Nader.

Tiene capítulos en Buffalo, Syracuse, Cortland, Binghamton, Nuevo Paltz, Purchase, Ciudad Jardín y los cinco burgos de la ciudad de Nueva York. Un jolgorio fue la forma más apropiada para celebrar el final de la conferencia de dos días GIPNY 1993 en Binghamton. Fue una fiesta a la cual al psicoanalista austriaco Sigmund Freud le hubiera gustado haber asistido porque representaba la catarsis final. En sentido freudiano, una experiencia catártica es un estallido que libera las previamente embotellados fuerzas que han sido reprimidas por un extendido período de tiempo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquella crucial noche en Binghamton, especialmente entre el elemento femenino, el cual arrojó sus inhibiciones a la cuneta.

Obviamente, la más impresionante vista aquella noche fue observar a la gente, quien había venido de 17 diferentes lugares dentro del estado de Nueva York, bailar el tobogán eléctrico. La mayoría de los bailarines no se conocían entre sí. Sin embargo, hicieron todos los pasos con matemáticamente preciso sincronismo.  Ese es el poder de los medios de comunicación de masa. En este caso, fue la televisión

dado que era todavía una época previa a YouTube. Otros segmentos de alto vataje de la celebración fueron el baile al ritmo de la canción de 1970 de Grateful Dead “Transporte en camiones,” un tesoro nacional, de acuerdo a la Biblioteca del Congreso, y; al ritmo de la canción de 1984 de la banda Dead or Alive “Tu me das una vuelta completa (como un disco)”. Participar en todo esto hizo valer la pena para mí el haber tenido que dormir la noche anterior en un sofá en el edificio del Gremio de Estudiantes.

En ese momento, ni siquiera estaba al tanto de la existencia del campo de estudios culturales, que, en su interpretación más amplia, abarca la alta cultura (v.g., la música de Mozart o Beethoven), la media cultura y la baja cultura (v.g., “Tobogán eléctrico”). Muchos años después, me familiaricé con el trabajo de un compatriota de Marcia Griffiths: el teórico cultural jamaicano Stuart Hall, un miembro fundador de la Escuela de Estudios Culturales de Birmingham en Inglaterra. Además, es muy útil el trabajo del sociomusicólogo inglés Simon Frith. En su libro “Tomando la música popular en serio: Ensayos escogidos” (2007), Frith describe cuatro funciones que representan el valor societario de la música popular.

Una de estas funciones se vincula con Freud. Voy a dejar que Frith hable por sí mismo: “La segunda función social de la música es darnos una manera de manejar la relación entre nuestras vidas emocionales públicas y privadas. A menudo se anota, pero rara vez se discute, que el gruesor de las canciones populares son canciones de amor … Esto es más que una interesante estadística; es un aspecto centralmente importante de cómo la música pop es usada. ¿Por qué son tan importantes las canciones de amor? Porque la gente las necesita para dar forma y voz a emociones que de otra manera no se pueden

expresar sin embarazo ni incoherencia. Las canciones de amor son una manera de dar intensidad emocional a las suertes de cosas íntimas que nos decimos el uno al otro (y a nosotros mismos) en palabras que son, en sí mismas, bastante llanas … Estas canciones no reemplazan nuestras conversaciones – los cantantes pop no hacen nuestro cortejo por nosotros – pero hacen que nuestros sentimientos se vean más ricos y más convincentes que lo que podamos hacer aparecerlas en nuestras propias palabras, incluso a nosotros mismos …

Este uso de la música pop ilumina una cualidad de la relación estrella/fanático: la gente no idolatra cantantes porque desean ser éstos sino porque estos cantantes parecen capaces, de alguna manera, de hacer disponibles los propios sentimientos de la gente – es como si llegamos a conocernos vía la música”.

Acerca del autor: Miguel Balbuena es un escritor en los campos académico, científico, periodístico y literario (en los géneros de ficción y no ficción).

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